Julho 07 2009

 

   
   
     
 


Misiones Jesuíticas
 

En la era fronteriza de los siglos XVI y XVII el Paraguay fue teatro de un acontecimiento destinado a tener profundas, prolongadas y amplias repercusiones de carácter histórico, económico, político y cultural. Con la entrada en 1609 de los padres de la Compañía de Jesús en estas tropicales regiones de la América del Sur a pedido del gobernador español Hernandarias. El éxito de las reducciones fue rápida y sorprendente, se establecieron mas de 30 pueblos.
Bajo un estricto régimen de organización, desarrollaron numerosas actividades como la ganadería, agricultura y comercio. En el campo de la instrucción es precisamente donde se observan aspectos sorprendentes. Poseían sus propias imprentas, fabrica de instrumentos musicales, talleres de artesanía y otros. Los jesuitas tenían absoluta independencia del poder civil y ningún español podía residir por mas de tres días en una reducción. El extraordinario potencial económico y de organización política, produjo una cerrada competencia con los demás miembros de la colonia, lo que con el tiempo llevo al primer grito revolucionario de América (revolución de los comuneros) entre 1717 y 1735 y en 1767 a la expulsión de los jesuitas. 200.000 personas  vivían entonces en las reducciones hasta su desmembramiento producidopor un  decreto  dictado por Carlos III.
Las características principales por las que son conocidas las Misiones Jesuíticas, tienen que ver con el papel jugado por los jesuitas a lo largo de los casi dos siglos en que funcionaron dichas misiones. Una especie de leyenda forjada en torno a un gran trabajo que, independientemente de sus pros y de sus contras, supuso el encuentro entre dos civilizaciones, la europea representada por los jesuitas, tal vez lo más avanzado intelectualmente de su tiempo, y una cultura guaraní muy desarrollada, pero a la que le resultaba difícil hacer frente al mundo europeo llegado a estas tierras.
En este sentido, los Jesuitas se introducen en el mundo guaraní, lo ordenan y organizan de forma que elevan su capacidad para organizarse, para convertirse en autosuficiente económicamente, aún compitiendo con las diversas economías de la región, y con ello, para hacer frente a enemigos externos.

Los Jesuitas y la Musica.
Numerosos jesuitas eran muy buenos músicos y de una notable multiplicidad.
Pero la figura más trascendente de todos, indudablemente fue Domenico Zípoli (1688 1726). Nacido en Prato cerca de Florencia, Italia., el compositor más destacado de su tiempo, en Roma. Organista de la Chiesa del Gesu. Compuso numerosas obras que fueron publicadas y apreciadas en Europa, a las que debe su fama universal. Para órgano y tecla, escribió y publicó en Roma y Londres sus "Sonate d'Intavolature". Siendo muy joven  entró en el noviciado de los jesuitas para ir como misio­nero a las célebres reducciones del Paraguay.
Llegó a América en 1717, en el mismo barco que transportaba a Giovanni Primoli, el célebre arquitecto de las reducciones. Zípoli se estableció en Córdoba (Argentina) y estudió filosofía y teología para ser sacerdote. A la par compuso muchas obras religiosas para los grandes coros de las reducciones; de hecho su música se hizo la más apreciada por los indígenas, no menos que por los misioneros, solicitándose permanentemente copias desde los más lejanos pue­blos jesuíticos.
Fue el Virrey de Lima quien enterado de la fama de Zípoli, encar­gó una copia de la Misa en fa, gracias a esta copia, y luego de la expulsión de los Jesuitas se pudo recuperar la obra. Con el desmembramiento de las reducciones casi todos los objetos de arte fueron perdidos o robados, es así que las composiciones de Zípoli y los demás maestros de las reducciones desaparecieron. La copia de la Misa fue hallada en Potosí, y posteriormente llevada a Sucre en donde se preservó. Recientemente, en 1974, durante los trabajos de restauración de las Iglesias de Chiquitos, el arqui­tecto austriaco Hans Roth, encontró por casualidad más de 10.000 manuscritos de música perteneciente al repertorio de las reduc­ciones, entre las que aparecen numerosas páginas con el nombre de Zípoli y otros compositores. Las piezas finamente copiadas, así como un valioso lote de instrumentos originales y un Método para la enseñanza de la Música en las reducciones, se encuentra bajo el cuidado del Arzobispado de Concepción, Ñuflo de Chávez, Boli­via.
Los instrumentos musicales más difundidos en las reducciones fueron el violín, el clave y el órgano, así como el arpa y la guitarra, ya introducidos a América con anterioridad.
La ciudad jesuítica de Yapeyú llegó a ser unos de los principales centros para la construcción de instrumentos, allí se fabricaban órganos, arpas, violines, claves, trompetas, cornetas y otros
Pocos casos hay en la historia de la humanidad en que a partir de dos comunidades tan aparentemente distintas, como jesuitas y guaraníes, se construya una nueva realidad tan rápida y certeramente. Sólo puede entenderse en un contexto donde se dé una confluencia de intereses, necesidades, azar, posibilidades, tiempo… Todo.
Algo que rara vez se produce en la historia humana.

Reducciones Jesuíticas en el Paraguay
Un Juicio Crítico
Texto publicado en el libro
Gustavo Laterza Rivarola

 
Cuando se inició la ocupación colonial y población del territorio paraguayo, este estaba habitado por numerosas parcialidades indígenas, solamente una de las cuales, los Guaraní, constituía una nación aunque no un Estado. En otras palabras, los pueblos guaraníticos que estaban desperdigados en un amplio territorio y que compartían lengua, conocimientos, creencias, costumbres y formas de organización social y política, sin embargo no se sujetaban a instituciones ni a autoridades políticas comunes.
Los Guaraní y los Tupí conformaban una familia cultural. Ambos habitaban un vasto territorio al que gruesamente podríamos delimitar como el que se encierra con el río Amazonas, las estribaciones andinas y las cuencas de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay, y habían alcanzado un nivel de evolución notoriamente superior al de los demás pueblos indígenas que los rodeaban, como los amazónidos, los pertenecientes a la familia pámpida -habitantes del Gran Chaco-, y los charrúas del Uruguay. Esta característica los hacía más aptos para el proyecto de integración cultural a la civilización europea y por eso fueron preferidos por los misioneros para ejecutar sus proyectos, de los cuales los más famosos fueron las reducciones jesuíticas.
Los jesuitas llegaron a la Provincia del Paraguay y asentaron sus primeras reducciones a comienzos del siglo XVII. En 1556 Ignacio de Loyola recibió y respondió una carta en la que se le pedían misioneros para el Paraguay, iniciativa que respondía a las solicitudes del primer gobernador criollo paraguayo -Hernando Arias de Saavedra- al rey. El General de la Compañía de Jesús dispuso la creación de la Provincia Jesuítica del Paraguay en 1604, en tanto nueva unidad jurisdiccional, por tanto escindida de la del Perú. Los primeros catorce misioneros llegaron a Asunción en 1607.
Las fundaciones de reducciones jesuíticas fueron expandiéndose en un vasto territorio del este y el sur del Paraguay. Las trece primeras estuvieron asentadas en la provincia paraguaya, luego fueron creadas diecisiete más en el noreste de Argentina, norte de Uruguay y al oeste del actual Estado brasileño de Paraná, en vinculación geográfica con los ríos Paraná, Yguazú y Uruguay.
Las treinta reducciones llegaron a contener una cantidad de indígenas sobre cuya cifra exacta los historiadores difieren, pero que en su momento de apogeo habrían sumado más de veinte tribus y unos treinta mil individuos, que fueron social y económicamente reorganizados y sometidos a la aculturación forzosa con ejemplar rigor metodológico y disciplinario. En estas reducciones del Paraguay la Compañía de Jesús llegó a alcanzar tanto poder y fama mundial que, a mediados del siglo XVIII, ya se había ganado el nombre de República Jesuítica, denominación que conllevaba tanto la insidiosa connotación antimonárquica como la de constituir una jurisdicción realmente autónoma y rival política y comercial de las gobernaciones de Asunción y de Buenos Aires.
En efecto, las reducciones jesuíticas se regían por reglas propias tanto en lo político como en lo demás. Desarticularon el sistema de organización social de los guaraní reducidos y lo sustituyeron por el hispano, implantando los cabildos de indios, similares a los españoles pero integrados exclusivamente por nativos, con cargos de alcalde, regidor y alguacil. Introducjeron también el cargo de corregidor, que el gobernador de la Provincia Jesuítica escogía de entre los caciques, a sugerencia del superior de la misión.
Reproducían de este modo la verticalidad del régimen monárquico europeo. El Superior de la orden venía a representar al monarca absoluto, los superiores de cada misión eran los virreyes, los padres, sus funcionarios, y los caciques indígenas eran los subalternos de estos, con mando específico sobre su comunidad o tribu, conservación indispensable para no destruir completamente el régimen tradicional y aprovechar el principio de autoridad reconocido por los nativos.
La propiedad de la tierra en las misiones se dividía en dos categorías, el Tupá mbaé  (propiedad de Dios) y el Avá mbaé (propiedad de los indígenas). Los nativos debían laborar en ambas. Las principales actividades productivas en las misiones se dividían en dos: las de exportación y renta, como la extracción y elaboración de yerba mate (ilex paraguayensis) y la ganadería; y las de consumo (agricultura de chácaras, granjería, manufactura y oficios varios).
La tierra explotadas por los jesuitas no fueron fraccionadas y distribuidas entre los indígenas en propiedad privada, por varios motivos, el primero, porque así estuvo planteada la colonización de la América hispana desde el primer momento. La propiedad de las tierras descubiertas, ocupadas y pobladas por los conquistadores y colonos españoles pertenecía a la Corona, la que concedía y distribuía en la forma que le pareciera más conveniente, pero nunca en propiedad definitiva. El modelo que tuvo mayor éxito fue la encomienda, consistente en conceder a un encomendero un terreno y un número proporcionado de indígenas para trabajar en labores rurales y prestarle servicios personales, a cambio de que el encomendero le diera instrucción religiosa, asistencia y protección.
Otra razón que explica que los jesuitas no distribuyeran las tierras era que el indígena guaraní no tenía noción de propiedad privada ni experiencia en ningún tipo de sistema de producción económica sistematizada. En su régimen tradicional solamente existía la propiedad comunitaria de herramientas y cosas de consumo, mientras que el suelo, el agua, los vegetales y sus frutos, los animales y los minerales, pertenecían a la madre naturaleza y no los consideraban susceptibles de dominio particular.
Pero la Compañía de Jesús sí se consideraba propietaria particular de sus reducciones y producciones, así como se declaraba defensora de lo que ellos consideraban intereses colectivos de los guaraní reducidos. Los indígenas trabajaban dentro de las reducciones de la misma manera que en las encomiendas, es decir, a cambio de evangelización y protección, pero el hecho de que su patrón fuera una orden religiosa y no una persona individual le otorgó a la experiencia cierto aire colectivista que hasta hoy cautiva a quienes simpatizan con esta ideología.
Al cabo de pocos años los jesuitas acumularon tanto poder económico y tanta fortaleza en la organización de sus misiones que resultó inevitable se produjeran dos efectos políticos que tendrían consecuencias graves: sintiéndose poderosos, los padres se vieron tentados de influir directamente en el gobierno de la provincia; y, segundo, viéndolos tan ricos y productivos, los encomenderos y otros propietarios de Asunción comenzaron a ambicionar sus tierras y el personal que las hacía rendir. La competencia entre ambos se daría tanto en el campo económico como en el político, tanto en relación a la explotación y comercialización de la yerba mate (que constituía la principal fuente de recursos del Cabildo asunceño desde el siglo XVII y gran parte del siguiente y cuya exportación fue monopolizada por los jesuitas) como en el control sobre el gobierno de Asunción.
En la urbanización y edificación de sus reducciones los padres tampoco se ajustaron a lo dispuesto por las leyes indianas sino a sus propios diseños y normas. Las imponentes construcciones en piedra, la talla en este material y en madera, la pintura de imágenes religiosas, el canto y la música, fueron aspectos sorprendentemente desarrollados en las reducciones, como asimismo diversos oficios mecánicos y manufacturas. „En el patio estaba colocado -describe un cronista- el molino de azúcar y en las habitaciones, en torno, trabajaban los ocupados en la refinería del azúcar, los herreros, los plateros, los carpinteros, los ebanistas, los torneros, los curtidores, y los tejedores, con más de 40 ó 50 telares.
Los indígenas que mostraban tales talentos eran retirados del trabajo agropecuario e instruidos para desarrollar sus habilidades, pero constreñidos a ser copistas de modelos europeos. Los jesuitas no permitieron que los artistas indígenas expresaran su propia creatividad y, así, en el legado de las Misiones jesuíticas no quedó ni un solo testimonio de su arte o tecnología. No fue extraño, pues, que luego de expulsados los padres y clausuradas sus reducciones desaparecieran también los artistas y técnicos indígenas.
La experiencia de la Compañía de Jesús en las reducciones sudamericanas continúan siendo objeto de interés y de polémica. Desde quienes los tienen por simples explotadores y opresores de los guaraní reducidos, malévolos intrigantes de la política y competidores desleales en el comercio, hasta quienes los consideran protectores angélicos de los nativos o difunden loas de su „exitosa experiencia comunista, se extienden los extremos entre los que suele moverse la mayoría de los autores que los estudian y juzgan.
Lo objetivamente cierto es que la expulsión de los jesuitas de todo el imperio español, ordenada por Carlos III en 1766 -y cumplida en el Paraguay por medio de la fuerza, un año después, significó la remoción del más formidable obstáculo que el Paraguay tenía puesto en el camino de los bandeirantes y mamelucos portugueses, cazadores de esclavos indígenas para las plantaciones de algodón de los fazendeiros paulistas y conquistadores de nuevos dominios territoriales para el imperio portugués.
 

                                         

 Casas típicas do Paraguai

                                            

publicado por luiscatina às 21:36

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